Por Presbítero Marcelo Barrionuevo

El Papa Juan Pablo II nos explica un aspecto del Evangelio de este domingo de la Transfiguración.

“La voz de lo Alto dice: “Éste es mi Hijo elegido, escuchadle”. ¿Qué significa escuchar a Cristo? Es una pregunta que no puede dejar de plantearse un cristiano. Ni su razón. Ni su conciencia.

Toda la Iglesia debe dar siempre una respuesta a esta pregunta en las dimensiones de las generaciones, de las épocas, de las condiciones sociales, económicas y políticas que cambian. La respuesta debe ser auténtica, debe ser sincera, así como es auténtica y sincera la enseñanza de Cristo, su Evangelio, y después Getsemaní, la cruz y la resurrección.

Y cada uno de nosotros debe dar siempre una respuesta a esta pregunta: si su cristianismo, si su vida son conformes con la fe, si son auténticos y sinceros. Debe dar esta respuesta si no quiere correr el riesgo de tener como dios al propio vientre (cfr. Fil. 3,19), y de comportarse como enemigo “de la cruz de Cristo” (Fil. 3,19).

La respuesta será cada vez un poco diversa: diversa será la respuesta del padre y de la madre de familia, diversa la de los novios, diversa la del niño, diversa la del muchacho y la de la muchacha, diversa la del anciano, diversa la del enfermo clavado en el lecho del dolor, diversa la del hombre de ciencia, de la política, de la cultura, de la economía, diversa la del hombre del duro trabajo físico, diversa la de la religiosa o del religioso, diversa la del sacerdote, del pastor de almas, del obispo y del Papa.

Y aun cuando estas respuestas deben ser tantas cuantos son los hombres que confiesan a Cristo, sin embargo será única en cierto sentido, caracterizada con la semejanza interna con Aquél a quien el Padre celeste nos ha recomendado escuchar (“escuchadle”). Tal como dice de nuevo San Pablo: “Sed imitadores míos...” (Fil. 3,17), y en otro lugar añade, “como yo lo soy de Cristo” (1 Cor 11,1).

Ahora permitidme, queridos hermanos y hermanas, que me detenga aquí para recordaros esta pregunta: ¿qué significa escuchar a Cristo? Y con esta pregunta os dejaré durante toda la Cuaresma. No os doy la respuesta demasiado pormenorizada, sólo os pido que cada uno de vosotros se plantee constantemente esta pregunta: ¿qué significa escuchar a Cristo en mi vida?

Y ahora añado -siguiendo la liturgia de hoy- que escuchar a Cristo, que es el Hijo predilecto del eterno Padre, es al mismo tiempo la fuente de esa esperanza y alegría, de la que habla espléndidamente el Salmo de la liturgia de hoy:

“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?” (Sal 26(27),1)....”.

Hay que escuchar a Dios en estos tiempos de enfermedad y guerra. Los hombres nos hemos desencontrados por haber perdido la capacidad de ver y escuchar a los pueblos y a los hombres en sus necesidades. Que podamos escuchar a Dios, que podamos hablar de Dios y que podamos alcanzar a Dios.